Dafne y la violación

Andaba yo estos días preparando mis clases de literatura y releyendo por enésima vez los sonetos perfectos de Garcilaso, cuando la actualidad me golpeó la frente al hilo del conocido mito de Apolo y Dafne. Este mito está presente en las Metamorfosis de Ovidio y fue recreado por Garcilaso en su soneto XIII y, de nuevo, en su égloga III y, años más tarde, de forma paródica y casi grotesca (barroca), con la mala leche que le ponía Quevedo a sus versos cuando quería, lo recoge este en dos sonetos, uno dedicado a ella; otro, a él.

En este mito, en principio, se cuenta la historia de un amor imposible, provocado como venganza por Cupido, en respuesta a las burlas de Apolo. Este, locamente enamorado de Dafne, la persigue e intenta hacerse con ella sin éxito, hasta que, ayudado por sus colegas del Olimpo, va a alcanzarla; pero esta, desesperada, implora a su padre (a la sazón, otro dios), que la ayude, con lo que al instante se transforma en árbol de laurel (lo que convertirá sus hojas en uno de los atributos del dios del sol). Es inevitable recordar la majestuosa escultura de Bernini, que captura, en una espiral de movimiento ascendente contenido, el preciso instante del inicio de la metamorfosis de la ninfa. Y es, precisamente, ese instante el que incitaba mi reflexión.

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Escultura ‘Apolo y Dafne’, de Bernini

Resulta preocupante el aumento de noticias de violaciones que copan los titulares de la actualidad. Algunas de ellas, con el agravante de ser perpetradas por grupos (o ‘manadas’, como acertadamente se los suele calificar); otras (o a veces las mismas), con extrema violencia. Es inevitable que cada una de ellas, a cualquiera con un mínimo de sentido común, sensibilidad o empatía, le remueva por dentro hasta casi provocar arcadas y una desazón difícilmente ignorable. Y por eso decía que precisamente ese instante, capturado por Bernini o Garcilaso (‘A Dafne ya los brazos le crecían‘) el que creo que evoca especialmente ese horror, mucho más que otros posibles donde, quizás, es más patente la violación, como podrían ser el rapto de Europa o cualquiera de las correrías del insaciable Júpiter-Zeus. 

Imagen del cuadro de Rembrandt 'El rapto de Europa'
‘Rapto de Europa’, de Rembrandt

Cuando pienso en lo que puede estar sintiendo cualquiera de esas mujeres (niñas, a veces) en ese momento, intentando huir de su agresor u ofrecer la mínima resistencia por miedo a un daño mayor, me viene a la cabeza la desesperación de Dafne, implorando a su padre, a Dios, a la suerte, a su propio agresor, a quien sea que pueda escucharle, que aquello pase, como sea, insisto, como sea, incluso perdiéndose a sí misma como lo hace la Dafne convertida para siempre en otra, en árbol, viva pero sin vitalidad, sin vestigios de su anterior jovialidad, con “áspera corteza”. Destrozada.

Pero no es mi intención recrearme en este dolor ni regocijarme en el morbo más amarillista; sino sugerir algunas cuestiones en torno a un problema creciente y actual que no aparenta precisamente una pronta solución. Probablemente sean poco originales, pues se ha escrito ya mucho de esto; pero algunas de ellas se han tratado de forma mucho menos frecuente o con menos relevancia de la que merecen, 

En primer lugar, quería reflexionar sobre algunas de las causas de este problema creciente. Son, sin duda, complejas y poliédricas, como todas las que afecten a la psicología colectiva o social; pero no podemos escudarnos en ello para la inacción o la indiferencia. ¿Qué pasa por la mente de esos violadores, jóvenes en muchísimos casos (la mayoría)? ¿Qué estamos haciendo mal como sociedad para que eso esté pasando por la mente de cada vez más jóvenes? Estos monstruos ‒que son nuestros monstruos‒ se sienten con el derecho y la facultad de satisfacer cualquier impulso a costa de cualquiera, donde ‘cualquiera’ ha perdido su significación de persona para identificar a los demás como objetos de placer, objetos que usar y tirar en una sociedad de consumo poco dada a cuidar, siquiera, aquello que nos produce algún bien, cuando estimamos que ha dejado de producirlo.

Es, creo, esta incapacidad de considerar a la persona con su valor intrínseco, la equiparación ‒cuando no se pone por debajo‒ de esta a cualquier otro animal o cosa existente, lo que permite que se cometa esta atrocidad. En una sociedad hedonista como la nuestra, donde prima el placer, el interés y el beneficio propio, aparecen cada vez más diosecillos, como los mitológicos, antropomórficos, actuando a menudo en camarilla y dispuestos a satisfacer sus impulsos más básicos, como este Apolo en su acto menos apolíneo, más dionisíaco, a costa de unos humanos que solo están ahí para darles gusto y que están siempre sometidos a su capricho. La apariencia de inmunidad, la escasez de sanción social a actitudes propiciatorias de estos actos, no hacen sino contribuir a este endiosamiento de seres amos de la creación que no han de rendir cuentas a nadie.

Contra este primer problema, urge, por un lado, la educación. Pero una educación seria. Un sistema educativo donde, por ejemplo, se ha eliminado (en la práctica) la filosofía o se ha relegado a lo anecdótico, donde tampoco la religión tiene cabida, no puede inculcar otra percepción del prójimo, no puede pretender que la persona recupere la dignidad inherente a su condición en la consideración social e individual de cada alumno. Hace falta, también, una educación sexual; pero no una centrada en la diversidad, la identidad, el sexo como placer libre y como juego, la protección de la propia salud y el autodescubrimiento: demasiado yo, yo, yo, que solo puede acentuar el egocentrismo que justifica la visión servil del otro, mero objeto para satisfacer mis deseos. Sobre todo en edades tan tempranas en las que apenas existe conciencia de los límites y los deberes, en las que las reglas del juego se pueden romper o cambiar al gusto propio y en las que la contribución a la sociedad es aún mínima, y máximo el cuidado que esta pone en su (de los niños) beneficio. La confusión es bastante fácil.

Pero la educación no es suficiente cuando la selva en la que vivimos está plagada de estímulos que la contradicen. Y aquí tiene un claro protagonismo la lucha por la igualdad real de sexos. Igualdad en dignidad y respeto, sobre todo. Porque no es cierto que esa lucha carezca hoy de sentido, como algunos pretenden, ni que se haya conseguido todo, a pesar de que a veces se ideologice en exceso esa lucha, se equivoquen los objetivos (como en un supuesto derecho al aborto con el que nunca podré estar de acuerdo, por las mismas razones acerca de la dignidad de la persona que estoy arguyendo) o los medios para lograrlos (cómo la demonización del varón, imbuido por serlo en un halo de sospecha). No nos engañemos, las víctimas de las violaciones son, sobre todo y casi exclusivamente, ellas. Sin que esto reste un ápice de horror a los casos en los que no es así.

También son ellas, principalmente, quienes son cosificadas y convertidas en objetos de placer o de beneficio ajeno (como en los vientres de alquiler). Es cierto que el culto al cuerpo no se da solo en las mujeres, pero su uso comercial (y no solo en la venta de productos) es sin duda mayor en el caso femenino, su explotación para obtener fines concretos y su sexualización (desde edades muy tempranas) les afecta, de nuevo, a ellas fundamentalmente. No ayuda, además, a resolverlo que cierto sector del feminismo interprete el sometimiento voluntario a tales usos como ’empoderamiento’, como ocurre en el debate social que se abre en cada Nochevieja. A esos estímulos salvajes, donde la sensualidad o la sexualidad se explota para captar la atención de una sociedad hiperestimulada, me refería al hablar de la selva salvaje en la que lo que la educación pueda lograr tiene un poderoso oponente.

Poco importa en esta conversión de las personas en objetos sometidos a un fin para la pseudofelicidad de otro que este proceso conlleve algún beneficio (siempre dudoso y desigual) para la parte cosificada. Tampoco, como decía antes, que la persona acceda a tal cosificación. El pago y el consentimiento no convierten el hecho aberrante de despojar a una persona de su dignidad y convertirla en algo que usar en algo positivo. Solo, quizás, lo hacen un poco menos malo. Hay que tenerlo en cuenta especialmente ahora que el Gobierno ha vuelto a poner en el foco la prostitución y su posible abolición. Ya el ingenio de Quevedo, con sus sonetos satíricos antes citados, y no sé hasta qué punto intencionadamente, al transformar el episodio mítico de Apolo y Dafne en un intento del primero de obtener sin pago los servicios de la segunda, da cuenta de la proximidad de ambos procesos.

Algo similar ocurre con otro gran responsable de la normalización de estas conductas, como es la pornografía, por mucho que nadie se atreva o a nadie parezca interesar poner coto a este problema por mucho que nadie se atreva o a nadie parezca interesar poner coto a este problema (quizás por las ingentes cantidades de dinero que mueve). La agresividad, la absoluta cosificación, el sometimiento absoluto o el aumento de intervinientes en los encuentros sexuales que presenta la pornografía parece estar detrás del triste auge de las brutales violaciones grupales. Si a eso sumamos que, a la misma edad a la que, decíamos antes, la educación sexual debe tratarse con especial cuidado, los niños y jóvenes tienen acceso (cada vez a una edad más temprana, como revelan diversos estudios) a esta ‘otra educación’ sexual, que se instala en el imaginario colectivo, el cóctel es doblemente peligroso. Tampoco contribuyen mucho a evitar estas ideas ficciones ‘literarias’ o fílmicas en las que se suaviza o blanquean actitudes que distan mucho del cuidado del otro que deberían conllevar siempre encuentros tan íntimos como los sexuales. De nuevo, los gurús del sexo libre dirán que el consentimiento permite cualquier actuación; pero nadie puede negar que la sexualidad implica intimidad y, si no ponemos respeto y cuidado del prójimo en sus aspectos íntimos, difícilmente lo haremos en cualquier otro momento.

Todo ello, la falsa impresión que se instala de que uno puede (y debe luchar por) obtener su placer a cualquier precio (también económico) aun en detrimento de la humanidad de quien me proporcione ese placer, es el germen de la justificación subjetiva de la violación o, al menos, de la minimización de sus efectos que permite que, aun a sabiendas de lo inmoral del acto, pese más el deseo y el gusto propio. A ello se suman otros ingredientes, como el instinto de pertenencia al grupo y la reducción de la responsabilidad al diluirse en la masa. O como la intolerancia a la frustración que numerosos intelectuales han sancionado ya como uno de los grandes males de nuestro tiempo, muy unida al hedonismo del que hablamos y al mensaje (rotundamente falso) asumido socialmente de que nada ni nadie debe interponerse en nuestros sueños/deseos/objetivos y podemos conseguir lo que nos propongamos. Esa intolerancia a la frustración hace imposible que la razón, la ética o la moral pesen más que la necesidad de satisfacer un deseo que no puede quedar insaciado.

Termino con una última reflexión, también polémica, como buena parte de lo dicho hasta aquí. El que haya tomado como punto de partida notables muestras culturales (poemas, esculturas, cuadros…) para esta reflexión no me hace adscribirme a la cultura de la cancelación. No creo que deba dejar de admirarse la maravilla artística de una obra porque pueda suscitar interpretaciones erróneas o porque no se adapte a la sensibilidad de nuestro tiempo (especialmente susceptible). Los posibles efectos perniciosos de los productos culturales siempre requieren de más cultura para contextualizarlos y contrarrestarlos; nunca del silencio o la ocultación. La educación del placer estético, la admiración por la belleza y el conocimiento de atrocidades pasadas y lo que supusieron deben ser herramientas a favor de nuestra lucha.

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