Opiniones de los lectores

“Te reitero la magnífica impresión que me causó tu novela: gran intensidad emocional, mucha poesía de la buena, mucha verdad, ironía, guiños cultos, buen pulso narrativo. Y, sobre todo, la apoteosis de la polifonía: un muestrario ideal para una tesis. Qué dominio de los estilos de cita. Creo que innovas y te inventas algunos nuevos, que la teoría literaria futura habrá de tener en cuenta 😉 . Lástima que no tenga yo una columna de crítica en alguna revista de referencia…”. M. C. V.


Entre París y La Habana de Alberto de Lucas Vicente, es una novela que presenta la historia de dos protagonistas en apariencia dispares: Jean-Paul, un pintor impresionista obsesionado con plasmar en imágenes su sensibilidad artística, y un inexperto poeta llamado Garcín, que encuentra súbitamente en la joven Carmen la música de su pensamiento. En torno al fuerte vínculo que une la pintura y la poesía giran estas dos historias que se interrelacionan misteriosamente en tiempos y lugares distintos.

En esta obra el autor muestra una especial habilidad narrativa al entremezclar el registro culto y el coloquial, consiguiendo así una tonalidad irónica, muchas veces humorística, que es una de las delicias de la lectura. De hecho la novela se disfruta tanto por su original estructura y sus juegos literarios como por el torrente de sentimientos que el autor vierte en sus personajes principales.

Si un libro merece ser leído cuando, al terminarlo, nos invade algún tipo de emoción, esto es sin duda lo que sucede en “Entre París y la Habana”. Se trata, además, de una de esas novelas que vuelven a disfrutarse en sucesivas lecturas gracias al descubrimiento de pequeños detalles — “Los divinos detalles”, como los llamaba Nabokov– que habían pasado antes inadvertidos.

No defraudará a los amantes de los libros: Ni a los lectores exigentes ni a aquellos que comienzan a dar sus primeros pasos en la escritura”.

Reseña escrita por: Rubén Pujante Corbalán para Somos Booktubers:

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Es de agradecer que entre tanta literatura insulsa, repetitiva y subvencionada, caiga en nuestras manos una buena novela, escrita con ingenio, imaginación y maestría. Como se hacía antes. Se trata de la novela “Entre París y La Habana”, de Alberto de Lucas Vicente […]

Saber contar a un público una buena historia y hacerlo con las virtudes literarias se ha convertido casi en marginal. Por eso esta novela es excepcional pues se agradece que el buen gusto y la buena escritura permanezcan inmutables y en diálogo directo con el lector. Alberto de Lucas, su autor, es capaz de introducirnos en la responsabilidad estética y artística, a la vez que nos educa con un lenguaje actual pero culto, dinámico y creativo, donde no le tiembla el pulso. […] Aunque la literatura contemporánea exige que el lector sea capaz de hacer una lectura distinta según las perspectivas y preocupaciones actuales, ello no quita que se pueda escribir con sensibilidad, corrección y elegancia, como podemos observar en Alberto de Lucas.

Como notas negativas, aunque el prólogo ficticio “in medias res” ha quedado original e imaginativo, he echado en falta un verdadero prólogo de alguien que, con autoridad, nos ilustrase sobre la lectura a la que vamos a hacer frente. Pero, sobre todo, lo que más me ha molestado es que el autor no nos bendiga con más creaciones de su ingeniosa mente, dejándonos huérfanos de su obra a los que ya nos hemos convertido en fieles y leales admiradores. 

A. T. T.

Crítica completa en el blog “Intrépido humanista”


“De lo más grueso a lo más fino:

  1. El libro engancha, me lo he leído en cuatro sentadas -y no en dos por interrupciones- y pienso que no es fácil que una novela tan personal logre eso.
  2. Me parece, además, que todo el misterio alrededor de Carlos-Alberto Taubel y el manuscrito encontrado es brillante.
  3. La historia de La Habana me parece mucho mejor que la de París, es más dinámica y tiene más “tirón”. A veces uno empieza a estar harto de Boitille y su cuadro y quiere llegar a La Habana, aunque la escena del café es de lo mejor del libro.
  4. Pienso que al principio puede chocar al lector lo cargado de adjetivos que está el libro, pero uno se hace mientras va leyendo.
  5. Creo que se dirige a gente con un nivel cultural alto (y no me refiero a la coña de Marx precisamente). El español medio no sabe quiénes son los dioses romanos, ni que Valle deforma la realidad, ni que “vate” significa poeta, ni lo que quiere decir “zahir”…
  6. Creo también que quien le conoce juega con ventaja a la hora de entender muchas cosas”. J. Ll. T.

“Hola, Alberto. Sinceramente, me ha encantado el libro. Soy consciente de que no he pillado absolutamente todos los guiños, pero me han encantado tus versos prosaicos y las reflexiones que en él se proponen. ¡Gracias!”. J. S-T.


“Le escribo para felicitarle por su novela y decirle que me ha gustado mucho”. J. L. T.


“Te escribo porque… ¡he dispuesto del tiempo para leer tu novela! ¡Qué pasada! Me han gustado mucho las dos historias y cómo las vas hilando. Sobre todo, la de La Habana. ¡Tienes que seguir escribiendo!”. A. S. B.


“Para mí ha sido un placer leerla. Creo que lo más importante de todo es decirte que tienes madera de escritor. Escribes muy bien. Hay soltura, fluidez, gracia y sensibilidad. Se deja leer sin trabas y consigues inmiscuir al lector en tus ficciones. Eso, para mí, es un grado. Y tú lo tienes. Así que, enhorabuena. […] Me ha interesado mucho el prólogo intercalado, creo que es un acierto, y además la “voz” (de Carlos Taubel) varía en relación al resto de las voces narrativas, y se percibe el oficio de buen lector que hay en ti. Las “fábulas” se desarrollan bien. Los personajes empiezan a tener vida y estás muy cerca de la “novela”. […] Por otra parte, el carácter de los narradores prende el interés del lector en tu texto: manejas muy bien la intertextualidad en sus diferentes grados y registros. Me han encantado, como imaginarás, especialmente las referencias americanistas, desde Huidobro hasta Martí, pasando por Borges, así como el aluvión de literatura española que se cierne en las páginas, desde Quevedo al Arcipreste. Todo eso está muy bien, sobre todo porque no es ostentoso ni exhibicionista. Los ecos cervantinos me encantan (“Entre los que hallé una falsa atracción por quien no debía y supe cuán perversa puede ser el alma humana”). Ese tono es difícil de reconstruir y en ti se aprecia una lectura in extenso y profunda del Quijote. ¡Enhorabuena! […] No dejes de escribir, porque sé que
tienes mucho que mostrar. Mucho y bueno”. V. C. S.


“Jean Paul quiere alcanzar la gloria como pintor en París, y a tal fin se
traslada hasta la Ciudad de las Luces desde una pequeña localidad rural.
Allí encontrará en Montmartre el ambiente adecuado para desarrollar su pasión, aunque al mismo tiempo le saldrán al paso los fantasmas del pasado, colegas suyos que recorrieron aquellas empinadas callejuelas hasta tocar el éxito y que hoy, para no repetirse, deberá intentar evitar a toda costa en aras de hallar su propio sello original.
Este artista padece del mal decadentista, buscando a su musa entre la pasión y las flores del mal, entre la poesía y el hermoso cuerpo femenino que le servirá al mismo tiempo de lienzo y de inspiración. Así le llegará la inspiración que despierte su genio, entrecruzando su historia creadora con el frenesí que despertará Carmen en su vida. Entre París y La Habana. Por si fuera poco, la originalidad de esta novela nos sorprenderá con un prólogo insertado entre los capítulos IV y V, en un ejercicio metaliterario que tratará de explicarnos su función dentro del libro, al tiempo de ejecutarla. El prologuista chiflado –como el mismo autor reconocerá en el Epílogo, ahora sí, colocado en su lugar en forma y fondo– se nos presentará también como el escribidor de la obra que tenemos entre manos, y que con diversas historias escritas a distintas voces, en capítulos pares e impares, ha ido trenzando alternativamente hasta confluir en el culmen de su arte pictórico.
Nada hay tan sublime para un creador como el dar vida a un personaje en su obra, sea cual sea su disciplina artística. Esa era la angustia vital del pintor, el ser incapaz de acercarse con el pincel a la diana, y ahí estriba su tragedia. Sin embargo, tenemos entre manos una novela que ha sabido recrear esa tragedia, y ha insuflado vida a Jean Paul. Para ello, Alberto no 
se ha extendido demasiado, no ha necesitado más de doscientas páginas para describir la historia de un infortunio, de un amor, de un proceso creativo. El lenguaje que ha empleado es certero, cargado de significado y en ocasiones más próximo a la lírica que a la prosa. Su primera lectura nos paseará por las tribulaciones de este personaje –y adyacentes–, pero su segunda lectura, bien soportada, a pesar de las propias dudas del escritor, incorpora un sinfín de referentes, bien sean literarios, pictóricos o mitológicos. El escenario en el que nos vamos a desenvolver también viene preñado de simbolismos. Según vamos leyendo, casi podemos verlo paseando por la rive gauche. Conocido y revisitado, no habría podido ser otro el sitio donde un pintor maldito fuera a dar con sus huesos. Por último, y antes de recomendar firmemente la lectura de esta novela, estaría bien remarcar el tono de humor que de manera sutil se ha deslizado en algunos pasajes, quitando hierro a la tragedia existencial de este personaje cuya gesta heroica en algún momento del libro corre el riesgo de reducirse a un “soy pintor porque no quería ayudar a mi padre en el campo”. Es necesario haber conocido una experiencia similar para comprender cuán productiva puede ser esta determinación, supliendo ampliamente la firmeza de una voluntad inquebrantable a otros requisitos más sobrevalorados como el ingenio o el talento”.  J. D. Á.