Tolerancia cero

21/04/14 Publicado en Diario de Navarra, Diario de Ávila, Diario de Burgos, Diario Palentino, El Correo de Andalucía, La Tribuna de Albacete, La Tribuna de Ciudad Real y La Tribuna de Cuenca

Un síntoma claro del desgaste de una palabra es su incorporación al discurso de lo políticamente correcto. Cuando un vocablo cae en ese agujero negro (donde todo cabe porque no hay nada y lo que entra pierde su razón de ser), reduce paradójicamente su utilidad al aumentar su uso. Recientemente me ha llamado la atención un anuncio de televisión que promocionaba productos especiales para intolerantes a la lactosa y decía: «Tolerancia cero a «eso es cosa de mujeres». Tolerancia cero a no sentirse bien. ¡Quédate con lo bueno!».

El texto no tiene desperdicio. Además de vender, con la exclamación final, la filosofía del hombre-masa y su «impresión (…) de que la vida es fácil», contra los que ya nos prevenía Ortega y Gasset hace un siglo, adopta el eufemismo de «tolerancia cero», que poco a poco ha ido calando en nuestra sociedad. Este sintagma, de cuño reciente, nació ligado al discurso contra la llamada «violencia de género» —otro eufemismo de lo políticamente correcto: en la lengua también funcionan las malas influencias— y se ha ido incorporando a otros discursos contra comportamientos incívicos o criminales. El tema vuelve a estar de actualidad a raíz de los tristes datos proporcionados por la UE y de algunos asesinatos recientes a mujeres en nuestro país.

Ante la gravedad de la situación de la violencia contra la mujer, el eufemismo de la intolerancia puede pasar desapercibido, pero sus implicaciones son también importantes. Por una parte, se presenta la tolerancia como una cualidad en la que existen distintos grados, entre ellos el cero, la ausencia de tolerancia, es decir, la intolerancia. Por otra parte, se evita usar este último término, porque ser intolerante es ser dogmático, no aceptar la relatividad de la verdad. Obviamente, el discurso es contradictorio.

El error es comprensible. En la base de una sociedad civilizada y democrática están los derechos humanos como verdad indiscutible (absoluta, no relativa), basados en la dignidad inherente al ser humano. Léase en inherente que está más allá de cualquier circunstancia externa, sea una ley, una opinión, la necesidad de salir de la crisis o la conjunción de los astros.

Pero esta dignidad y su obligado respeto no se extienden a los actos e ideas. La creencia imperante es que debemos ser tolerantes y respetuosos por encima de todo, que  toda opinión es respetable y debe ser respetada. El problema o contradicción surge cuando nos hallamos ante una conducta que atenta contra los principios básicos de la sociedad; cuando nos encontramos con que alguien opina, por ejemplo, que el hombre es superior a la mujer y por eso tiene derecho a maltratarla. Otras ideas parecidas fueron que los judíos merecían ser exterminados o, más recientemente, que la defensa de una religión bien valía estrellar varios aviones y explotar algunos trenes, matando a miles de personas. ¿Qué hacer entonces? No puede contravenirse la máxima de  que «lo fundamental es no ser intolerante» ni se puede negar, por tanto, que esas opiniones «tengan su verdad». La respuesta es acudir al subterfugio del eufemismo: no somos intolerantes, tenemos «tolerancia cero».

Conviene recordar aquí a Machado: «¿Tu verdad? No, la Verdad». No nos engañemos, no todo es relativo, no todas las opiniones importan lo mismo ni hemos de tolerarlo todo. Si fuera así, no habría nada bueno ni malo. Todo sería negociable y no podríamos censurar comportamientos ni opiniones: habría que permitirlo todo. Resulta aberrante que, con frecuencia, estas ideas se sustenten en la filosofía orteguiana. El perspectivismo de Ortega (a quien se lee poco, se entiende mal y se explica peor) no habla de múltiples verdades, sino de distintas perspectivas acerca de una única verdad, que, además, está en nuestra naturaleza intentar alcanzar: «El hombre es el ser que necesita absolutamente de la verdad», decía. Eso implica que no debemos contentarnos con tildar a todo de opinión, subjetiva y tan válida como cualquier otra. En otras palabras, todos los humanos son dignos de respeto y como tales tienen el derecho de expresar libremente sus opiniones; pero eso no  significa que todas las opiniones tengan el mismo valor (ni siquiera que tengan valor alguno). A nadie se le ocurriría decirle al médico, cuando nos receta un jarabe que necesitamos, que «esa será su opinión»; sin embargo, nos parece una opinión válida la de la vecina que nos recomienda otro jarabe «que a ella le ha ido muy bien».

Librémonos ya de la dictadura de lo políticamente correcto, no permitamos que las libertades estén por encima de aquello que les da sentido (la dignidad humana) ni admitamos el contrasentido de que una opinión justifique que se acabe con una vida o viceversa, que alguien se acoja a la libertad de pensamiento para exigir que se apruebe acabar con una vida humana.

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