El caldo de cultivo de la incoherencia política

26/11/14

Una ideología es un conjunto de ideas y valores, de principios, de acuerdo con el cual tomamos decisiones e interpretamos lo que nos rodea. Todo el mundo tiene una ideología: más o menos definida, más o menos coherente, más o menos (a veces nada) «etiquetable». En la historia reciente, especialmente a partir del marxismo (paradójicamente una de las grandes ideologías de la era contemporánea), este concepto se ha demonizado. La causa hay que buscarla en la manipulación e instrumentalización de las ideas para obtener poder y para justificar atrocidades y en los casos en que se han pretendido imponer.

En política, no obstante, no tener ideología equivale a estar perdido o a defender los intereses propios como única motivación. La base de la democracia está en que el pueblo elige a sus gobernantes esperando que tomen las mejores decisiones. Para tal elección (para delegar su parcela de soberanía), el votante determina que aquel a quien vota así lo hará, interpretando otras decisiones tomadas con anterioridad, las promesas hechas, los compromisos adquiridos y el programa electoral. Todo ello permite -si hay coherencia- conocer los valores subyacentes y predecir las determinaciones futuras. O, al menos, que estas se llevarán a cabo respetando esos valores que el votante comparte.

Por eso, cuando un partido incumple una promesa electoral, cuando actúa de forma contraria a lo anunciado en su programa, cuando busca la mayoría o el consenso a costa de esos valores implícitamente manifestados, no solo está siendo incoherente, no solo se está traicionando a sí mismo y a sus principios (y un político sin principios es un político corrupto); sino que traiciona y desconcierta a sus votantes. Perdidas (rotas, traicionadas) las referencias en las que los votantes se basaron para depositar su confianza, ante la imposibilidad de encontrar un sistema coherente para explicar las actuaciones, solo queda la del voto como fin o como medio para el beneficio personal.

Por eso, también, cuando un movimiento popular o un nuevo partido declara no tener ideología, o cuando varios partidos se declaran moderados, «de centro», entendiendo esta opción como la neutral (¿no comprometida?) y volviéndose todos distintas versiones del mismo sinsentido, se despierta irremediablemente cierto recelo en el ciudadano medio.

Para sostener este sistema sin cimientos, se nos venden bonitas ideas y eslóganes pegadizos: impresiones al fin y al cabo. No interesan las preguntas serias, la indagación profunda. No interesa que haya opinión; solo  impresión, sensación, sentimiento. La opinión se ha desprestigiado y devaluado, se ha situado al mismo nivel de la percepción primitiva, llegando a usarse, incluso, como medio para desautorizar una opción: «Esa será tu opinión».

El caldo de cultivo viene de lejos. Nuestra sociedad del conocimiento no es más que la sociedad de la información accesible. Tanta, que no se profundiza en ella. Creemos conocer el mundo, pero solo tenemos un conocimiento difuso de él. Un conocimiento formado de pinceladas sueltas, en las que creemos percibir formas definidas. Pregúntese el lector cuánto sabe (saber, realmente, más allá de lo que ha escuchado, visto u oído) de las noticias de la actualidad. Dicen los versos de Machado: «De la mar al percepto, / del percepto al concepto, / del concepto a la idea». En nuestra era de la inmediatez, de la información en el bolsillo, a golpe de tecla, de las conexiones ultrarrápidas, nos quedamos en el cómodo, pero poco profundo, escalón de la percepción. Basamos nuestras decisiones en un sistema de ideas, de asunciones, de convicciones, construido a menudo de impresiones.

Y es peligroso: la impresión no llega a través del espinoso y largo camino de la razón. Llega por el de la mancha de chocolate en la ropa, en el mismo rápido instante, y se instala con la misma fijación. Por eso no es fácil combatirla con argumentos: no es fácil llevarle la contraria a nuestros sentidos (y se nos bombardea continuamente con invitaciones a no hacerlo: «haz caso a tu corazón»); se asume con tal fuerza, que se identifica con la ley natural lo que no es más que «conocimiento» adquirido. Precisamente, si rascamos un poco en la superficie, veremos que tras las crisis económica, política y social de nuestros días, se encuentra esta crisis de conocimiento. Avancemos en la escala. Reflexionemos, profundicemos y, a fin de cuentas, conozcamos.

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