Mi política en un tuit

12/03/14

Lamentablemente, en los últimos años acusar al otro de haber hecho lo mismo que hace uno se ha convertido en un argumento de peso en el discurso político. Desde que comenzó a gobernar el PP, este ha sido un argumento constante en el discurso relacionado con la crisis, como justificación de cualquier medida o recorte. En lo que llevamos de año, hemos visto cómo el gobierno lo usaba en el tema del aborto (defendiendo su reforma como una vuelta a la ley socialista de 1985), en el de la inmigración y la actuación de las fuerzas del orden en la frontera (donde se citaba textualmente al ministro de interior del anterior gobierno socialista) y, recientemente, en el asunto de las prospecciones petrolíferas en el Mediterráneo (donde el ministro de industria argumentaba, ante las  protestas, que las prospecciones fueron aprobadas por el gobierno anterior).

Con esta retórica de excusarse en la culpa de otro, nuestros políticos contribuyen a que cada vez más el debate parlamentario parezca el patio de un colegio, donde los alumnos se pelean, se insultan y faltan al respeto, se duermen en clase o hacen novillos. Por supuesto, cuando deben rendir cuentas ante los adultos, los niños ofrecen explicaciones poco convincentes, esperando ingenuamente que los adultos las crean, y se señalan unos a otros como los responsables de sus peleas: «Ha empezado él». En estos casos, mi madre, experta como todas las madres en resolución de conflictos, solía decirnos que lo importante no era quién había empezado, sino quién iba a terminar (o, en este caso, quién iba a dar una solución válida).

Lejos de resultar meramente anecdótico y a pesar del halo de inocencia que pudiera  derivarse de la comparación, lo que demuestra esta situación es una estrategia argumentativa electoralista de desgaste del contrario, donde no importa llegar al fondo de las cuestiones, sino  parecer menos culpable, más elegible. La  estrategia es eficaz, pues demuestra que la oposición se opone a lo que anteriormente aprobaba solo para llevar la contra; pero el coste para el gobierno es también muy grande, pues se muestra carente de iniciativa propia y sus decisiones no se sustentan en argumentos sólidos.

En el fondo, esta situación refleja una profunda crisis en la política de nuestro país, que llevamos arrastrando desde que nuestra democracia se constituyó, en la práctica, en bipartidista. Los gobiernos nacen con la fecha de caducidad impresa. Cada partido asume el papel de gobierno u oposición y se dedica a hacer y deshacer leyes (un ejemplo claro es el de las leyes de educación) y a criticar al contrario, sean cuales sean las medidas que adopte. Saben que tras un par de legislaturas tocará dar el relevo y cambiar de asientos.

Al final, el discurso público está lleno de contradicciones: los socialistas, que abogaron en su gobierno por la intervención del Estado con atribuciones paternalistas en la formación moral del ciudadano (con la polémica asignatura de «Educación para la ciudadanía») acusan a los populares de intentar imponer una moral y de apelar a la caridad y humanidad cristiana para su reforma del aborto; a la misma caridad a la que apelan ante el conflicto de inmigración, enarbolando las metafóricas pancartas que dejaron los populares en las que se proclamaba el derecho a la vida. Por su parte, los populares, que  dicen legislar por la vida en el tema del aborto, reconocen que su reforma es un regreso a la ley que tanto criticaron en su momento por mantener supuestos que atentan contra la vida del feto. Y los socialistas, ante el resurgimiento de la ley que defendieron, adoptan ahora la máxima del progreso: mientras sea avanzar, es bueno; no importa en qué dirección.

Pero este discurso vacío e irreflexivo no es nuevo. Ya en la antigua Roma se ejercitaban los alumnos en el arte de la Oratoria con el único propósito de lograr la adhesión del público y así vencer al oponente. En nuestra atropellada sociedad basta con un eslogan pegadizo, porque no hay tiempo para leer la letra pequeña. La política de hoy es una política de pancartas y manifestaciones, de titulares de prensa y frases impactantes que poder compartir en Facebook, para que alguien levante su pulgar engrosando la lista de likes mientras termina de reírse del último chistecillo leído y empieza a ojear las fotos subidas por el vecino. Se trata de reducir a un tuit los principios políticos, de hacer política en 140 caracteres. No hay espacio ni tiempo para llegar al fondo de las cuestiones, y es más productiva la política populista y demagoga de movilizar al pueblo a la manifestación y a la pancarta, evitando que piense. Es lo que permite que, con regularidad casi programada, los políticos convoquen manifestaciones en contra de lo que unos años antes hicieron o defendieron.

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