La despedida (relato)

La despedida

(Dedicado a esos profesores)
Foto: El club de los poetas muertos
Fotograma de la película “El club de los poetas muertos”

Cuando el maestro llegó, se hizo el silencio. Ninguno de sus jóvenes alumnos se atrevía a hablar; tal era el respeto que el anciano les infundía. O tal vez callaban esperando que fuera él quien hablase, suplicando con un grito mudo que les ilustrase nuevamente, por última vez. La situación, en cualquier caso, se hacía incómoda. Alguno, más avispado –Enjolrás podría ser su nombre–, consciente de ello, intentaba entablar conversación; pero las palabras le salían frías, triviales, y pedían con vehemencia una vida efímera. Qué podían decir ellos ante su maestro, qué valor podían tener sus palabras, sino el de retrasar aquellas que transportaban la verdadera sabiduría. Y no es que temieran a su mentor, al contrario. Lo sentían como una suerte de padre putativo hacia quien guardaban un profundo afecto y una mayor admiración. Quizá podrían haberle hablado de sus problemas, de sus inquietudes, de sus preocupaciones, de su visión del mundo (o de alguna pequeña parcela, aunque esta se situase en el espinoso terreno del pensamiento, desde entonces nunca baldío). Pero el resumen de sus palabras habría sido una petición de consejo, una mirada en busca de orientación… en definitiva, la espera de la voz del maestro. Y eso, creían ellos, ya lo decía su silencio.
El anciano se sentó a la mesa, entre ellos, como solía hacerlo en sus clases. Los sentía parte de sí mismo; una parte imprescindible. En ellos había volcado su ser durante varios años. Ahora que se marchaban, le asaltaban la duda, el miedo, la pena y, quizá, el orgullo. «¿Qué tal os va?», les dijo con su habitual alegría serena. Ellos contestaron que bien y callaron. El silencio le incomodaba. Podía haber dicho cualquier cosa: la experiencia le hacía docto en este tipo de situaciones y sabía fácilmente salir airoso de ellas. Pero no quería hablar. Esta vez quería oírles, escuchar por última vez sus tímidas voces, guardarlas tal vez en el recuerdo y rastrear, por qué no, su semilla en cada uno de ellos. Uno de sus pupilos recurrió atropelladamente a los tópicos creados para estos casos y habló del tiempo, la economía o la vida, y el anciano le contestó casi mecánicamente; pero con la esperanza de que aquello fuera solo la llave a algo más. En breve, el joven enmudeció de nuevo. El maestro sintió cómo una vieja espina le punzaba por dentro. ¿Y si todo había quedado en nada?
Un conocido vino a rescatarle. Le sujetó los tobillos y tiró de ellos hacia el suelo con una banalidad cualquiera. El anciano mostró interés y se levantó siguiendo automáticamente la conversación mientras sus pensamientos quedaban en la mesa, inmovilizados por una terrible carga. No recordaría después, por más que lo intentase, si llegó o no a despedirse. Su oído también tardó en levantarse, lo suficiente para escuchar –¿como una ilusión?– que el silencio duraba todavía unos segundos tras su marcha.

Alberto de Lucas Vicente

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