Reflexiones sobre poesía (2): la materia poética o qué es poesía

¿Y tú me lo preguntas?

Poesía… eres tú. Resulta casi inevitable rememorar los famosos versos de Bécquer cada vez que nos preguntamos por la poesía. Conseguir grabarse en el ideario colectivo de una sociedad tras otra, a través del tiempo, es una de las grandezas del poeta sevillano. Pero no la única. Otra es condensar en unos pocos versos, en una (aparentemente) simple rima, toda una poética. La primera lectura que se hace de este poema es la del poema amoroso (romántico, en el sentido popular del término): la alabanza del ser amado. Cuando le dices a alguien que es poesía, le estás diciendo que es armonía, musicalidad y belleza, que es arte, que inspira (por esa suerte de metonimia entre creación y obra, que es en sí un tópico literario). Esta es la parte ñoña, cursi, romanticona. No hay que olvidar que Bécquer es un posromántico, un romántico tardío, de cuando el romanticismo, en su decantación natural, ha ido condensando sentimentalismo.

Pero Bécquer es un gran poeta y con sus versos dice, también (y he aquí la clave de la segunda lectura o interpretación de la rima), poesía eres tú porque tú me emocionas, me llenas de sentimiento y sentido, me haces conocerme y descubrirme. Eres como un espejo, pero no por ser como yo (un espejo no es como aquello que refleja): un espejo es bello por sí mismo, es bello porque nos muestra la verdad o nos acerca a ella; nos muestra nuestro verdadero yo. La poesía ‒tú‒ es el reflejo de mi alma.

 

El arte como espejo

No tengo intención de autoemboscarme con un intento de definir el arte. En bastante berenjenal camino ya por culpa de la definición de poesía (con la que sí me atrevo, pero haciendo algo de trampa). Sí puedo afirmar que, sobre todo a partir del siglo XX, en su definición tiene un papel preponderante el efecto que provoca (a veces, pero no siempre, ligado a su finalidad). El arte lo es en la medida en que puede ahondar en el ser humano, como individuo o por sus relaciones con otro y con aquello que le rodea. El arte nos cambia, nos ayuda a conocernos, a explorar (a veces a través de una cabeza de turco, como en la catarsis aristotélica) aquello de lo que estamos hechos, nuestros límites y nuestra materia más elemental. El arte la literatura, la poesía a menudo se ha definido como espejo. La poesía nos (con/re)mueve por dentro para que podamos explorarnos, vernos como, quizás, no lo hemos hecho antes. La poesía nos muestra nuestra propia alma.

Aprovecho, pues, para precisar un poco lo que, de manera rápida y superficial, ya expresé en la primera parte de estas Reflexiones. La materia de la poesía es la emoción; pero no (al menos, no solo) la emoción entendida como mero sentimiento, como mera reacción visceral, irracional, al mundo (lo que sería una visión sentimentalista y cursi de la poesía). Cuando hablo de emoción como materia de la poesía, me refiero a todo aquello intangible, indefinido e inabarcable (inefable) que compone nuestra psique, aquello que no es el resultado de nuestro razonamiento lógico, de una reflexión positiva. En la emoción caben (lo digo con Machado) el percepto, el concepto, la idea… y también la mar. Incluye, por tanto, nuestro interior y nuestra asimilación ‒interiorización‒ subjetiva del mundo.

La materia de la poesía puede ser, por tanto, cualquier cosa: desde lo más cotidiano o nimio (bonito autoantónimo, por cierto), porque nos revela el mundo, nos lleva al (auto)descubrimiento, nos hace despertar. Pero no podemos dejarnos llevar por la confusión: aunque se puede hacer poesía de una mota de polvo, la mota nunca será el verdadero objeto poético, sino nosotros, yo, ante la mota. Por eso la poesía es el puro subjetivismo, el dominio del yo, la emoción (en el sentido expresado) del yo. Y, para eso, no existen palabras.

 

Lo inefable

Si el arte es el espejo de nuestra alma, si nos ayuda a conocernos, en nuestra relación con el mundo y quienes nos rodean, la literatura es el arte de la palabra y con ella ejerce su función. Paradójicamente, dentro de este arte de la palabra, la poesía se ha especializado en aquello para lo que la palabra es insuficiente, no alcanza (o ha dejado de hacerlo): lo inefable. Nada más difícil (por mucho que los psicólogos nos animen a ello) que hablar de las emociones, de nuestro ser más íntimo. Sobre todo porque, cuando uno está triste, decir ‘Estoy triste’ resulta insuficiente, insultantemente reduccionista, simplista. Cuando uno está enamorado, comprueba que, al poco tiempo, decir ‘te quiero’ no basta para expresar la hondura e intensidad de lo que se siente. Comienza entonces una escalada: ‘te quiero’, ‘te amo’, ‘te adoro’… y ante la insuficiencia del verbo (aquí, aún, por poco tiempo, en su sentido gramatical), pasamos a las formas perifrásticas: ‘eres mi vida’, ‘mi universo’, ‘mi todo’… O, en el otro extremo (o no), cuando tratamos de cuantificar el dolor, de ponerlo en una escala numérica o de emoticonos (caritas), recurriendo a formas extralingüísticas para intentar explicar lo que nos resulta tan complicado. Y me estoy refiriendo a emociones frecuentes, fácilmente identificables y, por tanto, convencionalmente, explicables. Además, en todos esos casos, se trataría de una descripción de la emoción, no de la transmisión de la emoción, de la inoculación en el alma del otro (en la nuestra) de esa emoción. Ese proceso de empatización a la inversa, requiere de otros mecanismos. Es cierto que, de esta forma, podemos ponerles palabras, aunque solo sea porque tantas veces las hemos visto representadas culturalmente (‘te quiero como Romeo a Julieta’, ‘mucho, como la trucha al trucho’) y, en consecuencia, el acceso al significado está relativamente próximo. Pero qué hay de tantas y tantas emociones que ni para nosotros mismos son comprensibles. Para todo eso está la poesía.

El poeta en la tradición cultural ha sido siempre visto como una suerte de vate, mago o profeta. Aquel que es capaz de ver más allá (y más acá) que los demás, quien es capaz de mostrarnos lo que, a veces ante nuestros ojos, nos resulta invisible. El poeta es capaz de nombrar lo innombrable, hablar de lo inefable. Es capaz de darle el nombre preciso (‘el nombre exacto de las cosas’, decía Juan Ramón) a lo etéreo, ambiguo u oscuro. Es capaz de devolver su sentido a aquellas palabras que lo han perdido. Para ello, no obstante, habrá de recurrir a mecanismos que van más allá del uso habitual de la lengua. Y de ahí su forma (casi) siempre particular. Pero, de ello, me ocuparé en la tercera parte de mis Reflexiones.

Una última reflexión para este apartado: ¿trata la poesía de crear belleza? No necesariamente. No, en el sentido de adecuación a un canon estético, que, de hecho, se puede transgredir en la poesía. Pero sí la crea por cuanto la verdad tiene de bello o por cuanto la belleza es camino a la verdad.

 

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